CIUDAD DE MÉXICO.- La retórica del «segundo piso de la transformación» chocó de frente contra la pared de la realidad en la alcaldía Azcapotzalco. Lo que el gobierno de Nancy Núñez intentó vender como una labor de «ordenamiento» en la vía pública, terminó revelando el ADN más rancio del autoritarismo: el uso de la fuerza y la prepotencia contra el ciudadano de a pie.
El video de la vergüenza
No hubo espacio para interpretaciones ni «otros datos». Un video que circuló como pólvora en redes sociales desnudó la esencia del operativo en la colonia Santa Bárbara. En las imágenes, no se observa a servidores públicos dialogando o aplicando reglamentos; se observa a una jauría de funcionarios perdiendo los estribos.
La protagonista del escándalo, Rosa María Azucena Narváez Hernández, hasta ayer Directora General de Gobierno, fue captada en un arrebato de ira, confrontando físicamente a los vecinos sobre la calle Matlacoatl. Junto a ella, el subdirector de Vía Pública, Juan Carlos Soto Canales, fue señalado por los habitantes no solo como provocador, sino como cómplice omiso ante la brutalidad de sus subordinados.

Ante el incendio digital, la alcaldesa Nancy Núñez aplicó la guillotina administrativa. En un intento desesperado por salvar la imagen de su gestión, anunció el cese fulminante de la directora y de los elementos involucrados.
Sin embargo, el daño está hecho. La pregunta que flota en el aire de Azcapotzalco es demoledora: ¿Cuántos operativos más se han ejecutado bajo este mismo esquema de intimidación sin que una cámara estuviera presente para documentarlo?
«Rechazamos categóricamente cualquier tipo de violencia», reza el comunicado oficial. Una frase que suena a ironía cuando los propios directivos de la demarcación son quienes lanzan el primer golpe.
La separación del cargo es el castigo mínimo para una funcionaria que olvidó que su salario emana de los impuestos de aquellos a quienes agredió. Aunque la alcaldía promete «reparar el daño», la confianza vecinal está fracturada.
Este incidente no es un hecho aislado; es el síntoma de una burocracia que, escudada en siglas partidistas, confunde la autoridad con el atropello. Azcapotzalco hoy no amanece más «limpio», amanece con la certeza de que el garrote sigue siendo la herramienta favorita cuando el diálogo estorba.

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