Por Jorge Guerrero
Cada mañana, al despertar, comenzamos a emitir sonidos. A veces es un “buenos días”, otras veces un suspiro o una simple exhalación. Desde que abrimos la boca, activamos uno de los sistemas más complejos y humanos: el lenguaje. Hablamos para pedir, para agradecer, para expresar afecto, para defendernos o para compartir una idea. La voz es, sin duda, uno de los canales más poderosos que tenemos para tocar el alma de otros.
¿Te has preguntado cuántas palabras decimos cada día? Un estudio dirigido por el psicólogo Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona, y publicado en la prestigiada revista Science bajo el título “Are Women Really More Talkative Than Men?”, reveló que una persona promedio pronuncia entre 15,000 y 16,000 palabras al día. Si multiplicamos esa cifra por un año, hablamos de más de 5 millones de palabras anuales. A lo largo de una vida de 75 años, habríamos pronunciado más de 400 millones de palabras.
Y aunque existe la creencia de que las mujeres hablan mucho más que los hombres, el estudio demostró que la diferencia es mínima: ambos géneros tienden a usar un volumen de palabras muy similar. Lo verdaderamente interesante no es cuántas palabras usamos, sino cómo las usamos.
Además de las palabras, producimos sonidos, entonaciones, silencios y modulaciones que comunican tanto como lo verbal. La voz transmite alegría, tristeza, enojo, ternura, autoridad o vulnerabilidad. Es un espejo del estado emocional y, muchas veces, del alma.
Por eso, cuando enfermamos o nos fatigamos, la voz también cambia: se debilita, se apaga o se rompe. Y cuando sentimos miedo o emoción intensa, se nos “quiebra la voz”, como si el cuerpo no pudiera ocultar lo que sentimos.
Las palabras tienen un peso emocional y psicológico enorme. Con ellas se puede sanar o herir, construir o destruir. Un “te quiero” puede levantar el ánimo, mientras que una crítica dicha con dureza puede marcar a alguien durante años. La ciencia ha demostrado que las palabras amables y positivas activan zonas del cerebro relacionadas con el bienestar y la seguridad, mientras que las palabras hostiles estimulan regiones asociadas al dolor y la defensa.
Decir más no siempre es mejor. A veces, un silencio oportuno dice más que un discurso. Saber cuándo hablar, cómo decir las cosas y, sobre todo, desde dónde decirlas —desde el amor, la empatía, la claridad— es una forma de sabiduría.
Porque finalmente, hablar es ejercer poder: el poder de hacer sentir, de comunicar, de transformar. Y como todo poder, debe usarse con conciencia.
Decimos unas 16 mil palabras al día, pero quizá solo unas pocas permanecen en el corazón del otro. Por eso, elegir bien lo que decimos y, en lo posible, pensar antes de hablar, porque una mala palabra puede cambiar una conversación, una relación o incluso una vida.
Sin embargo, como bien dice Ramón de Campoamor: “Nada es verdad, nada es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

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