Por Jorge Guerrero
Durante siglos, se nos ha enseñado que los seres humanos percibimos el mundo a través de cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Esta idea, tan arraigada en la cultura popular como en la enseñanza básica, no proviene de una teoría moderna ni de la medicina contemporánea, sino del pensamiento filosófico de la Antigua Grecia. Fue Aristóteles en su obra De Anima, en el siglo IV a. C., quien propuso que el ser humano contaba con cinco sentidos fundamentales para interactuar con el entorno.
Aristóteles observó que, a través de ciertas partes del cuerpo, podíamos recibir distintos tipos de estímulos externos: luz, sonido, olores, sabores y sensaciones físicas. Asoció cada tipo de percepción con un órgano específico del cuerpo humano, y concluyó que existían cinco canales principales de experiencia sensorial. Esta clasificación fue tan poderosa en su simplicidad que sobrevivió por siglos, integrándose no solo en el pensamiento médico de su época, sino en la filosofía, la educación y las religiones. La simbología del número cinco como cifra de totalidad en la percepción también contribuyó a su permanencia cultural.
Sin embargo, hoy sabemos que el cuerpo humano es capaz de percibir muchos más estímulos que los cinco descritos por Aristóteles. La ciencia moderna ha identificado al menos una decena de sentidos adicionales, como el equilibrio (sistema vestibular), la propriocepción (conciencia del cuerpo en el espacio), la nocicepción (percepción del dolor), la termorrecepción (temperatura) y la interocepción (percepción de estados fisiológicos internos como hambre, sed o ritmo cardíaco). Aun así, los cinco sentidos tradicionales siguen siendo la base perceptual más visible y evidente, y por eso conservan su relevancia como categoría inicial para entender cómo nos relacionamos con el mundo.
Ahora bien, ¿por qué se les llama “órganos” de los sentidos? En biología, un órgano es una estructura compuesta por varios tejidos que trabajan en conjunto para cumplir una función específica. Cada uno de los sentidos está asociado con un órgano especializado: el ojo detecta la luz y permite la visión; el oído capta las ondas sonoras y también participa en el equilibrio; la nariz reconoce las partículas volátiles responsables de los olores; la lengua, con sus papilas gustativas, identifica los sabores; y la piel, distribuida por todo el cuerpo, permite percibir el tacto, la temperatura, la presión y el dolor a través de sus terminaciones nerviosas.
Así, los órganos de los sentidos no solo son mecanismos fisiológicos; son portales por los que el mundo exterior se convierte en experiencia interior. Nos permiten explorar, aprender, emocionarnos y sobrevivir. Son estructuras especializadas, fascinantes y profundamente ligadas al desarrollo de nuestra conciencia.
Sin embargo, como bien decía el sabio Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

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